Zarpe

Hace dos años, tomé la decisión más importante de mi vida; ser artista. Y de lo único que me arrepiento, es de no haberlo hecho antes.

La llamo “la más importante de mi vida” porque contra muchos pronósticos, he logrado de alguna manera traer a la realidad a una ilusión que viene caminando conmigo hace más de cinco años. La idea de vivir del arte en Panamá en aquel entonces, levantaba su mano con timidez en medio de un competitivo mundo profesional; el arte era un entretenido pasatiempo para mí, pero un mundo inexplorado que me susurraba y no escuchaba.

Después de trabajar para prestigiosas multinacionales, de las cuales aprendí muchísimo y con las cuales estoy muy agradecido, no pude silenciar por más tiempo  aquella voz que me insistía en seguir mi sueño. Esta decisión, de alguna manera influenciada por el “boom” de emprendimiento que esta viviendo el país, me hizo cambiar mi estilo de vida completamente. Era como aquel episodio de “Matrix” donde Neo se toma la píldora roja y se desconecta del sistema para darse cuenta de la realidad; mi nueva realidad era valerme por mí mismo y no solamente eso, sino de la forma más descabellada que a cualquiera se le pueda ocurrir…haciendo dibujitos.

Antes de seguir, debo aclarar que tomar esta decisión no fue de la noche a la mañana. Todo el proceso de preparación se gestaba con años de anticipación sin yo saberlo. Aunque me sentía cómodo en mi espacio de trabajo, paralelamente vivía conmigo una vaga idea de independizarme completamente y tener un negocio propio. Me imaginaba siendo el dueño de mi propio Café, recibiendo gente bohemia en mi espacio, que también funcionaría como librería y galería de arte. Aunque ese plan no se logró concretar, siento que ponerlo en el papel y escribir sobre ello, fue sumamente importante en la “toma de decisión” para lanzarme a este mundo.

Hoy, después de dos años de días soleados y lluviosos, de momentos de celebración y lágrimas impotentes, he empezado a entender por qué estoy haciendo esto. Sonará muy extraño y es para mí dificil explicarlo, pero lo que estoy viviendo hoy, es la respuesta a muchos episodios en mi vida que siempre me estuvieron empujando hacia el arte.

Recuerdo a mis cinco o seis años, haber ganado un concurso de dibujo en el colegio; yo no tenía idea que sucedía, solo recuerdo voces a mi alrededor que me decían ¡Corre corre! ¡Sube al escenario que te llamaron para recibir un premio! Lo recuerdo claramente; el premio era una medalla bañada en plata de la Virgen de Lourdes, la cual yo había dibujado en una hoja tamaño carta durante una clase de artística, sin saber que competía en un concurso.

Recuerdo que a mis 10 años, ya vendía dibujos a 0.25 centavos y mi cuarto se convirtió en una galería, donde exponía mis obras pintadas sobre carpetas de cartón que mi papá me traía de los sobrantes de la fábrica donde él trabajaba. Cada pieza se vendía a 1.00 dólar lo que me elevaba en el “ranking” de popularidad del barrio.

No conforme con eso, tomaba los cartones de cajas recicladas y los convertía en robots que se transformaban en automóviles o naves espaciales. Solo necesitaba un par de tijeras, goma y algunos lápices de colores, para transportarme a galaxias donde el bien y el mal luchaban por la paz del planeta Tierra. Mis amigos del barrio iban a casa para pedirme que les diseñara robots de cartón, y yo lo hacía con emoción. Jamás olvidaré las largas tardes de luchas interespaciales en la terraza de mi casa.

Ya rayando mis 17 años, recuerdo las ilustraciones que hice para el anuario de secundaria, donde me tocaba retratar al estudiante modelo, que reunía las mejores cualidades de cada uno de nosotros, tanto físicas como intelectuales.

El arte siempre ha estado presente en mi vida de manera informal. No recuerdo en que parte del camino dejé de ser niño para convertirme en profesional, pero lo que siempre tuve presente, es que no quería seguir haciendo lo mismo todos los días: vestir con corbatas, planear vacaciones y tener un auto. En lugar de esto, lo que buscaba era sentirme cómodo en mi propia piel, desentenderme del inicio y el fin de una jornada laboral y dejar que el viento me llevara a cualquier parte.

Aunque llevo poco recorrido, para mí ha sido como una montaña rusa que todos los días me enseña cosas nuevas. Siento que ya no hay tiempo que se pierde, por el contrario, cada experiencia me enseña algo nuevo, y no es que en mis actividades anteriores estuviera perdiendo el tiempo, sino que ahora estoy más consciente de cada minuto que invierto en mi proyecto artístico.

Soy José Jiménez Vega “El Capitán”, me dedico a ofrecer soluciones de comunicación visual a través del diseño gráfico y la ilustración; soy amante del café, acumulo libros de arte y diseño y tengo una extraña fascinación por el mar. Me da hambre, siento frío, me han roto el corazón y yo he roto algunos sin querer; pago impuestos, hago el super, limpio la casa y uso el metro para moverme de un lugar a otro.

En fin, soy un ciudadano más que trabaja para ganarse la vida y por medio de este espacio, les quiero continuar compartiéndoles mi día a día como Ilustrador, las experiencias como creador de una marca de autor, y los procesos creativos que atravieso para traer a la vida las ideas escritas en mi libreta.

¡Este barco ya va a zarpó! Bienvenidos.

 

 

 

 

 

 

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